—Este mundo sólo pretendía llegar a la perfección. En cada quien, la esperanza ya se ha ido. Podrás estar sólo, pero al menos caminas junto a las personas. Estando postrado aquí me quemo por dentro, pero mi vida la gocé. No puedo mentirte. Hasta que no suenen las campanas y me aparten del dolor —me gustaría irme, salir por una fracción de segundo de este manicomio sería ideal— es irónico que mi rostro sea más esperanzador que el tuyo, pues no hay que ser experto en el tema para notar que moriré pronto.Johannes, dieciséis años. Desde hace tres años que dormía todos los días en la camilla de un hospital en Burdeos, oeste de Francia. Debido al virus, el joven había perdido todo su cabello.
—Sí, sí, pero quiero que entienda. Por la guerra, el número de heridos ha superado las tres cifras. Muchos niños se están muriendo en mitad de la calle. Usted es doctor: ¡haga algo!— La voz de la enfermera hacía retumbar la habitación. Johannes fingía estar dormido. —Este maldito criajo lleva tres años aquí y no ha mostrado recuperación alguna, ¡tres años! Ni siquiera tiene familia, no está ganando ni un mísero franco por ayudarlo; los otros niños, en cambio, tienen cómo pagar sus servicios.
La puerta crujió y entraron el doctor y la enfermera. Observaron al joven. El doctor se acercó al chico, tomó su rostro entre sus manos y ubicando sus dedos en su cuello tomó su pulso.
—Así es como están las cosas. Mañana le daré de alta.
La puerta se cerró. Johannes comenzó a sollozar en silencio, sus lágrimas le ardían, pero así se sentía mejor. Había estado conectado por tres años a las máquinas, no duraría ni un minuto sin ellas. El virus lo había debilitado totalmente.
De este modo pasó toda la noche, tratando de dormir, pero el miedo le impedía cerrar los ojos. Pensaba que si se descuidaba un segundo, despertaría tirado en la carretera. Tanto había deseado la muerte, sin embargo morir así era humillante.
Al día siguiente, el joven estaba más pálido de lo normal, tanto por el insomnio como por el miedo. Temblaba. En sus manos podía ver las vibraciones. Sentía cómo se moría poco a poco, ¿por qué, de toda la gente que hay en el mundo, él tenía que nacer enfermo?
La puerta crujió. Johannes se hizo el dormido. Esta vez no era el doctor. Era un hombre con una voz serena, con un brillo esperanzador. Se acercó al muchacho y levantó su mano, tocando su muñeca.
—¿Van a matarlo, no? Me lo llevo.— preguntó el adulto. De su bolsillo extrajo ocho mil francos en metálico.
—Me parece un buen precio, ¿pero qué tienes pensado hacer con él? Si vas a vender sus órganos te advierto que están todos infectados por el virus.— Contesta la enfermera con apuro.
—No me malinterprete, sólo quiero ayudarlo a que esté feliz durante sus últimos días.— Respondió el cliente con una sonrisa en sus labios.
Johannes se estremeció, todo esto era muy raro. Demasiado raro. Le era imposible confiar en las palabras de este hombre.
Bajaron a Johannes en una camilla y lo metieron en los asientos traseros del vehículo, sujetándolo con los cinturones de seguridad. Estaba dentro de estos sacos donde cargan a los muertos después de un accidente, pero lo suficientemente abierto como para que Johannes pudiera asomar su cabeza.
—Bien, dime cómo te llamas. Yo soy Alain Debré, encantado de conocerte. Me enteré de que estaban eliminando gente del hospital y...
—¿Por qué hace esto? No entiendo... ¿Qué va a hacer conmigo?— Johannes inspeccionaba a Alain con la mirada.
El mayor no se molestó en responder, sólo siguió conduciendo. Se preguntó si realmente valía la pena un niño con tan pocas ganas de vivir.
Al estacionarse frente a la casa, Alain se apresuró en abrir la puerta trasera, ubicar una silla de ruedas y con dificultad poner al joven sobre ésta.
—No he olvidado caminar.
—Pero estás débil... y espero que logremos llevarnos bien antes de que mueras.
Los ojos de Johannes se abrieron de par en par. Ese idiota estaba mal de la cabeza o qué. No podía ser que fuera tan cruel con él. De un momento a otro pasaba de ser impresionantemente agradable a ser un desalmado.
Alain empujó la silla a través de la casa. Todo estaba enfermantemente limpio, brillante y ordenado. Las habitaciones eran gigantes y todo olía bien. Sin embargo, no había señales de más vida humana. La silla se detuvo.
—Debes estar cansado, te llevaré a tu habitación.
Johannes se estremeció, mil cosas pasaron por su cabeza. Esperó que no fuera lo que estaba pensando. El mayor se ubicó delante de él, le tomó en sus brazos y lo llevó escaleras arriba. Johannes temblaba aún más. Observaba al hombre, veía sus cabellos pelirrojos, sus ojos verdes y lo peor, su sonrisa. Con la bata del hospital fue introducido dentro de la enorme cama, que había sido previamente calentada. En seguida entró en calor.
—¿Quieres algo de beber? Una limonada te hará bien.
—No, no, no y no. No quiero nada, sólo quiero dormir y esperar que muera pronto. —dijo Johannes a la vez que se cubría entero con las sábanas.
Las sábanas fueron removidas del rostro del chico.
—Si te cubres así morirás antes de tiempo por falta de oxígeno. Ahora deja de ser tan molesto y dime tu nombre.—preguntó mientras se acariciaba su brillante cabellera. El pequeño le dió la espalda y respondió resignado:
—Johannes... de Luynes.
—Estamos progresando, ya ves que no es tan dificil ser amable. —pronunció Alain, con su clásica sonrisa.— Ah... Y por favor quítate de la cabeza esa idea de que soy un pervertido.
El rostro de Johannes estaba completamente rojo. Que Alain le haya dicho algo así sólo empeoraba las cosas. Aunque en cierto modo ya poco le importaba si Alain era un pervertido o no. Sin saber realmente por qué, Johannes comenzó a llorar, estaba asustado, no tenía idea que era lo que pasaba, habían tantas cosas que quería conocer y no podría, su futuro era incierto, pero la meta era segura.
—Aah... Es... ¿estás bien? Perdona, ¿fue algo que dije? ¿quieres que te traiga algo? ¿te duele algo? ¿Johannes?
—No... No quiero... Nada.............. Es sólo que......... No sé que es lo que me pasa....... Ya se me pasará pronto...... Dejame sólo por favor...
Alain tomó a Johannes en sus brazos y los abrazó fuertemente contra su pecho.
—Por favor no te espantes, tranquilízate, no voy a hacerte nada. Respira normalmente. Me imagino que no estás acostumbrado a esto, pero quiero que te sientas seguro, cómo si fueras mi hijo... Cómo la familia que estuvo ausente durante tu internación en el hospital.
—Yo... Yo....... Tengo miedo...... Hay tantas cosas que quería conocer... No quiero morir... No creo que aguante mucho ahora que no estoy conectado..... No me dejes morir........— el joven apretó con todas sus fuerzas los brazos de Alain, como si fuera a perder el equilibrio. Estaba incluso más pálido, sudando y con los ojos inyectados en sangre, sin brillo.
—No vas a morir si realmente lo deseas, si quieres vivir demuéstralo.
El enfermo temblaba de forma descontrolada, casi no podía respirar, apretaba a Alain como si quisiera desgarrarlo. Su cuerpo cada vez estaba más frío, lloraba tanto que era cosa de minutos para que se deshidratara totalmente.
—No quiero, no quiero, no quiero, no quiero, no quiero, quiero vivir, maldita sea, quiero vivir... —se quejaba, tosía y sangre brotaba de su nariz. Era una vista patética, pero al menos estaba acompañado.
—No vas a morir, tranquilo, estás con un ataque de pánico, respira normalmente.
Johannes trató de normalizar su respiración, se mordía el labio para evitar pronunciar quejido alguno. Poco a poco logró normalizar su respiración y fue soltando a Alain.
—¿Ves? Ya pasó, lo has logrado.— Alain acarició la espalda de Johannes y se levantó de la cama tranquilo, encaminándose hacia la cocina.
Johannes cayó al suelo, sus ojos estaban muy abiertos y no pestañaba, su cuerpo estaba rígido y ya no respiraba. Ya no vivía.
25 de Abril 2005
